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La última

No existía otra solución. Marini lo sabía cuando fue a hablar con el jefe del Consejo. Pero había querido intentarlo. Los dos años de gracia luego del quinto habían pasado muy rápido. Pero no era posible lograr nada más. Los únicos que podían tener alguna prórroga eran aquellos que cuidaban de los niños y hasta que estos estaban en condiciones de ser útiles, pero no era su caso.” La ley de la Isla es inexorable, inamovible”, había dicho el jefe mientras le entregaba esa pequeña bola de material plástico que alguna vez había entretenido a alguna familia en una noche de invierno.

Llegó a la tienda y vio que Fernández ya estaba vestida con las mismas ropas con las que había llegado a la Isla, unos pantalones y una blusa negras algo desteñidos. Ella, de espaldas, miraba hacia afuera a través de la pequeña ventana de la tienda.

Hubiera querido llamarla con su antiguo nombre, pero como en la Isla no se permitían los nombres de pila, ya lo había olvidado.

Se sentaron frente a frente y Marini puso el bolillero en el medio de la mesa. Puso también su bolilla de madera con el numero 75 bien visible y ella colocó la suya con el numero 60. Luego las introdujo en el bolillero y comenzó a dar vueltas a la manija que tenia a un costado. Quiso imaginar el miedo de ella, como una gran serpiente enroscada en su estómago para no sentir el hormigueo de su propio miedo que le recorría los brazos y las piernas como pequeñas agujas.

La bola cayó sobre la mesa y ella se levantó de un salto. Era el 60.
Él vio como Fernández recogía sus cabellos con una cinta roja pero no vio sus lágrimas.

“Sin despedidas, Carlos”, dijo Fernández mientras salía por la puerta de la tienda. Se sintió desnudo cuando escuchó su nombre que ella si, había recordado.

La mujer caminó hasta la escollera de poniente, donde las rocas se hacían mas altas y escarpadas. Marini sintió un escalofrío y se apretó los brazos pensando que ese no era todavía el ultimo para él, e imaginó el último escalofrío de ella. El sol caía rápidamente tiñendo el cielo de colores naranjas y violetas.


Fernández no quiso cerrar los ojos, se arrojó al mar mirando fijamente una nube blanca que se destacaba sobre un pedacito de cielo violeta.



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