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Tres palabras

“Sos un flan”. Esas tres palabras se repetían y resonaban en su cerebro mientras se afeitaba y luego en la espera del andén. Las recordaba mientras atendía los rostros de esos seres desconocidos o apenas conocidos que pasaban detrás de la ventanilla de la caja.

Al mediodía, se sentó a la mesa de siempre, comió mas o menos lo mismo de todos los días, pero al llegar el momento de elegir el postre, lo pidió : “un flan”. Y cuando el camarero lo puso frente a él, comenzó a deshacer con la cucharita esa masa blanda y porosa para saber si esas tres palabras eran un insulto o un reconocimiento.
“Parece sangre marrón”, pensó mientras apartaba el plato de vidrio que aún tenía restos de caramelo oscuro.

El lo había sabido desde un principio: cuando Nelly comenzó a hacerse la dormida por las noches, o cuando no se levantó más para prepararle el desayuno y charlar un rato con él antes de salir para el trabajo. Comprendió que había otro. Pero “el otro” dejó de serlo muy pronto, porque el nombre se repetía como por casualidad en las pocas conversaciones cotidianas.

La tarde anterior había llegado temprano a sabiendas y enfrentó la cara de Mario, Mario, el de toda la vida, el que lo defendía del gordo Díaz, el que le pedía los deberes cuando faltaba, el que le ganaba a las bolitas pero le perdonaba aquella, tan bonita, color verde tornasol.

Después se sentó en un banco de la cocina, esperando que se vistieran, mientras escuchaba las voces murmurando y los rumores apresurados de telas, cierres y tacos en el suelo. Y recordaba que Mario siempre le había presentado a sus amigas, y también a su primera novia. El siempre estaba allí para ayudarlo a vencer la timidez. “Pero no a Nelly”, hubiera querido poder decirle. “A ella no, Nelly era sólo mía”.

Luego Mario se fue y Nelly se sentó frente a él y le dijo: “¿qué pensás hacer ahora?”. La pregunta llegó desafiante y lo hizo sentir débil, pequeño.
“No lo sé. Dejáme pensar un poco.”

Entonces, esas tres palabras salieron de la boca de Nelly y se le incrustaron en la memoria.

No pudo desviar su mente de ese disco rayado durante el resto del día y sin saber que hacer decidió volver a casa como siempre.

Le pareció escucharlas nuevamente en su cabeza antes de cruzar la calle, justo en la esquina de su casa: “sos un flan”, “sos un flan”. Y el golpe lo sorprendió pensando que sus huesos parecían blandas masas porosas que se deshacían, mientras la sangre marrón salpicaba la vereda.




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