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Acuario

Juan Carlos y yo bajábamos por Reforma en su bólido rojo cuando se dio cuenta, no sé cómo, de que se me abultaban los pantalones con una feroz erección. Se rió de momento, y sin siquiera pensarlo, sacó la cabeza por la ventana y empezó a tocar el claxon, anunciándole a todo México nuestra misión.

-¡Aquí viene el próximo Capitán! ¡Quítense! ¿Qué no ven que es emergencia?

Yo me hundía en el asiento de la pena y la emoción. Medio me ganaba la risa de las estupideces que decía mi amigo, medio se me anudaban los músculos por lo que me esperaba, y todavía pensaba yo, en esos minutos de martirio, que sólo iba a perder la virginidad.

Llevaba ya un año seriamente abrumado por el infortunio de ser virgen y no ser Capitán, el título odiado con el que se saludaban mis cuates que ya se habían desquintado. Me quedaba claro que tener ya casi diecisiete años en esta condición era la peor vergüenza posible, y el contraste con Juan Carlos me deprimía aún más. Él es un año mayor que yo, fue el primer Capitán de nuestros amigos, y llevaba en ese entonces ocho meses andando con Mariana Castillo (la niña más guapa de nuestra escuela) mientras que yo no tenía ni con quién ir a los cocteles. Él decía estar enamorado de Mariana, pero siempre se quejaba de lo fresa que era, y de que apenas unos besos se habían dado. Lo que nunca le he dicho a Juan Carlos es que para mí esa prudencia era un gran alivio, porque no hubiera podido soportar la doble envidia de que tuviera la mejor novia y además relaciones sexuales con ella, en lo que yo pasaba los días casto y soltero.

Nos detuvimos en un semáforo eterno al borde del Periférico. Era una de esas tardes pardas en la ciudad: caía el sol y su luz se filtraba por las nubes y el smog en matices amarillos tostados y sucios. Ya se sentía en el aire la humedad del aguacero que vendría. Yo no volteaba a ver los otros coches por la pena de encontrarme a algún conocido, y el puberto temor de que sabrían nuestro destino. Juan Carlos me volteó a ver.

-¿Qué tal, nervioso?

-Para nada.

-Cómo no.

-Quisieras -le dije con un gesto de menosprecio que no me salió bien. Nos reímos, pero Juan Carlos tenía razón sobre mi estrés. Rara vez se equivoca, me conoce tan bien. Tenemos una amistad casi telepática que empezó cuando entramos a cuarto de prepa en el mismo grupo. Me cayó bien de inmediato por su gran autoestima y su actitud de ahí-se-va, que es el inverso de mis constantes análisis de todo y de todos. Tiene una fama de junior mamón que a mí jamás me engañó, y creo que me tomó confianza cuando no me dejé llevar por lo que decían de él. Yo me sé su vida y él la mía, y desde que le conté que era virgen se empeñó en convencerme de que fuéramos al Acuario.

El Acuario era un prostíbulo que se hacía pasar por estética unisex, donde a Juan Carlos lo habían llevado sus primos apenas habiendo cumplido los dieciséis años. Dicen que por ahí pasan todos los niños bien del Norte del D.F. Para mí ese lugar siempre había sido cosa de cuentos. Lo tenía en mi mente como una imagen brumosa, rodeada de incertidumbre y hasta de cierto grado de incredulidad. Vivía en el mismo lugar de mis recuerdos adoptados en que se paseaban los barecitos desaparecidos donde mi papá me contaba que había llevado a sus novias antes de casarse.

Ahora nos estábamos acercando peligrosamente al Acuario, alcanzando ya a llegar a pesar del tráfico atolondrado de las siete de la noche. Juan Carlos silbaba como si nada mientras se metía y se salía de atajos y sentidos contrarios para apresurar el paso. Yo me sentía invadido por las luces que se nos encimaban, los camiones que se nos cerraban y la ciudad que no me dejaba respirar. Me pulsaba el corazón que lo sentía hasta los dedos de los pies, la misma sensación que tuve tres meses antes cuando casi me salvó de todo este episodio una gringa desamparada en Mazatlán. La conocí una noche caliente en el Señor Frogs. Ambos bebíamos mezclas multicolores de frutas, tequila y ron, y esa coincidencia nos bastó para seguirnos hasta una tumbona olvidada en la playa donde se frustró la noche por la trágica falta de un condón.

Me sirvió esa vez para quedarme más obsesionado que nunca. Perder la virginidad era mi preocupación principal en la vida, a un grado casi absurdo. Lo veía como un instante poético, un momento de transformación como nacer y morir, en el que por fin pasaría a formar parte de ese club exclusivo. Además, no lo niego, cada día me torturaban más las hormonas y la curiosidad.

Mi desesperación había culminado esa tarde en casa de Juan Carlos cuando nuevamente me ofreció llevarme al Acuario. Veíamos la película de "Diner," favorita de ambos, y creo que a Juan Carlos le entraron ánimos de padrino viendo a Mickey Rourke confesando a sus cuates. Le dije que no, como siempre, repitiéndole mis filosofías recalentadas de que perderla con una puta era demasiado fácil y sin mérito. Esa explicación me había ganado el apoyo de Pedro, otro de los Capitanes, que se había sacado la lotería con su maestra particular de francés. Pero a Juan Carlos le parecían mis argumentos ensimismados de costumbre, y tras sesenta minutos de discusión pueril y divertida, finalmente me dejé convencer.

-Llegamos -anunció-. Nos detuvimos en seco afuera de una casa rojiza, de dos pisos, en una calle triste y desolada de Polanco. Empezó a llover. Abrí la puerta del coche con un presentimiento melancólico.

-Putísima -dije.

* * *

Después de entrar llegamos a una pequeña antesala dividida del resto de la casa por pesadas cortinas color betabel que no dejaban pasar la luz, pero sí un tufo potente a perfume barato y jabón industrial. Nos alcanzaban apenas murmullos de voces y música ambiental. Juan Carlos se adelantó directo a un escritorio que servía de recepción; yo me quedé algunos pasos atrás observando a la señora como de cincuenta años que lo atendió. Me supuse que era la madama. Tenía el pelo rizado teñido de rubia, las cejas oscuras y cerradas como las mías y el maquillaje en plastas gruesas sobre las mejillas. En esa penumbra de burdel me pareció la mujer más horrible que jamás hubiera visto.

Se inició un trámite que no alcancé a escuchar. Me fui echando para atrás hasta que topé con la puerta cerrada. Me esmeraba por aparentar una tranquilidad glacial y enfocaba la vista en cualquier rincón para fingir un desinterés que hasta a mí me pareció cómico. De vez en cuando sentía que Juan Carlos me volteaba a ver, o escuchaba que se alzaba la voz de la madama, y la cabeza se me volteaba solita hacia ellos como resorte. Luego logré oír una pregunta de ella.

-¿Para ese pollito?

-Sí, para él.

Juan Carlos me hizo la seña de que me acercara. Tomé tres pasos rumbo al escritorio, sintiendo que la cara se me enrojecía del insulto y de la pena de verme tan niño. Me pidió que me acercara más y llegué hasta que la tuve enfrente. Se volteó con Juan Carlos.

-Está bien. Voy a ver quién está.

Se levantó y subió por unas escaleras que yo no había visto. Juan Carlos se quedó junto a mí.

-Yo aquí te cuido -me comentó con tono de broma-, para que no te escapes.

Supongo que se me veía en la cara, porque justo en eso estaba pensando. Si se hubieran distraído creo que me hubiera ganado el miedo.

-Está pinchísima -le dije.

Juan Carlos me empezó a asegurar que las otras no eran así de feas cuando volvió la madama y me lanzó una mirada de compasión que me robó la poca calma que me quedaba.

-Sube -me ordenó-. Es la tercera puerta de la izquierda.

Mi amigo me dio una palmada en la espalda de despedida, y como sonámbulo empecé a subir, impulsado más que nada por la comprensión de que ya no había manera de echarme para atrás.

* * *

Cerré la puerta y me encontré en una habitación diminuta, con un colchón sobre el piso cubierto con sábanas verdes, un lavabo junto a la entrada y una ventana cerrada y empañada. Se oía el goteo acelerado de la lluvia en el techo. Eso y la mujer sentada en la cama, con un vestido de flores azul tenue y los pies descalzos, me excitaron un poco.

-¿Quieres apagar la luz?

Sin decir algo bajé el switch que me indicó y nos quedamos con el reflejo de las lámparas de la calle. Me invitó a que me sentara en el colchón junto a ella, y me tomó la mano sudada con una ternura inesperada.

-¿Cómo te llamas?

-Mauricio.

-¿Es tu primera vez?

-Sí.

Me acarició la cara con un dedo que me olió al mismo perfume de antes. Yo apenas me movía, pero la miré y vi que su piel era morena y que tenía los dientes blancos y chiquitos. Sus piernas delgadas parecían más largas de lo que en verdad eran. Me sorprendieron como dos golpes sucesivos su belleza y luego mi deseo, y con eso se me olvidaron los nervios.

-No te preocupes de nada -me aseguró mientras me soltaba los botones de la camisa-. De nadita.

Me dejó acostado en el colchón, besándome el pecho en lo que nos desvestía y deslizándose ya en su propia piel sobre mis piernas hasta el momento en el que supe que ya no era virgen. Fueron segundos inolvidables y sentimientos imposibles. Varias veces me repitió mi nombre en los oídos, y me frotaba el cuerpo con sus manos contagiándome un calor que confundí con la pasión. Cuando ya casi no podía más, abrí los ojos, y en ese último instante le vi el alivio descarado con el que me acabé de quedar frío.

-Muy bien -me felicitó, pero yo me sentía muy mal. Ahí mismo me di cuenta de que todas sus ternuras no habían sido más que caricias ensayadas. Repasé en mi mente el momento de gloria y pensé, con una gran decepción: esto lo siente cualquiera. En lugar de transformarme en alguien diferente, me había vuelto como todos los demás. Y entendí que no me había integrado a un grupo muy exclusivo, sino al resto de la humanidad.

Encendió la luz y encontré mi ropa mientras ella se lavaba. Ya no hablábamos. Me vestí lo más rápido que pude y salí apenas despidiéndome. Bajando las escaleras de dos en dos me cayó la impresión de que esto ya no era un mundo de cuentos. El Acuario pasó de un recuerdo prestado a ser una realidad opresiva, una realidad de ladrillos y techos y cortinas donde esto de chingarse a los pendejos como yo era cosa de todos los días.

* * *

Me habré equivocado de escaleras en la prisa por bajar, porque en vez de llegar a la recepción entré en una sala grande con sillones de peluquería color vino, espejos manchados en todas las paredes, mesitas bajas con revistas amontonadas y un ambiente deprimente como de ministerio público a las cuatro de la mañana. Era la famosa estética.

Busqué entre las caras sombrías la de Juan Carlos. Caminé de un extremo al otro y me detuve cuando apareció de no sé donde la madama. Le pregunté.

-Tu amiguito -me dijo de buen humor-, todavía no baja. Espéralo ahí.

Un tosco gesto de su barbilla me apuntó hacia un largo diván color mierda que acababa de pasar. Me senté a esperar y hasta entonces caí en la cuenta de lo que Juan Carlos estaba haciendo. Me agarró un enojo irracional.

-Hijo de puta -pensé. De momento decidí contárselo a Mariana, luego reconsideré porque sabía que eso sólo lo haría por envidia. Juan Carlos me iba a explicar luego que para él eran dos cosas separadas, su novia y el sexo. Se acostaba con una puta para aliviarse y así no estar presionando a Mariana. Pero a mi no me cabía en la mente traicionar a una novia así, o volver a acudir a ese infame lugar por mi propia voluntad. Ese día le perdí un cierto respeto a mi mejor amigo.

Para dejar de pensar tanto empecé a hojear las revistas, buscando algo que me interesara, aunque sería tarea imposible porque ya me había entrado el arrepentimiento completo. Levanté la vista, paseándola de nuevo por el salón. Me deprimí más porque casi todos los clientes eran señores de traje, hombres de negocios, seguramente padres de familia, y aquí estaban platicando de cerca con la madama y las estilistas arropadas de minifaldas y tacones, como si fuera convivio de vecinos.

No quise ver más. Me salí a la calle. Ya afuera, caminé al coche y puse las manos sobre el cofre para agachar la cabeza más cómodo. Después de un rato en que se me oscurecieron las ideas, levanté la vista y sentí que nada era lo que era antes, que las banquetas enlodadas, los árboles grises y el pavimento encharcado con aceite y agua ya no podían ocultarme un mundo crudo donde podía valer menos tener una familia feliz que las tentaciones de una ramera, donde mi amigo no era el amigo que yo pensaba porque se cagaba en su novia por tres minutos de placer y donde perder la virginidad no era poesía sino pura y prosaica realidad.

Y en todo eso pensaba, ahogándome inútilmente en mi propia desilusión, cuando salió Juan Carlos del Acuario, con los brazos alzados en ovación y lanzándome un tremendo grito:

-¡Capitaaaán!

Y por más que traté, no pude dejar de sonreír.



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